La metamorfosi

No us podeu imaginar la meva sorpresa al descobrir a La Vanguardia un article d’en Xavier Rubert on, sembla que després d’un fort trauma, no sé de quina mena, declara la seva filiació a l’anti-colonialisme…

La sorpresa ve per dues bandes, la primera, el mitjà on va ser publicat, que no sap que els passa als dissidents que fan gala del seu anti-colonialisme a les pàgines de La Vanguardia?. Desitjo que el seu sosteniment no depengui d’aquesta feina, més que res perquè de ben segur ja l’ha perduda… La segona sorpresa bé donada pel fet que aquest home ha escrit, si la memòria no em fa figa, més d’un llibre lloant les excel·lències de pertànyer a les espanyes. Ohhhhh!.



Xavier Rubert de Ventós
La Vanguardia – 22/01/2011

Rumbo a la independencia

“Si sólo os parece una lengua la que se habla en un Estado, vamos a dotar a Catalunya de un Estado, y todos contentos”

Tras una discreta experiencia clandestina, luego socialista y por fin parlamentaria, un buen día de 1993 descubrí, sorprendido, que yo era un mutante: me había vuelto independentista. Traté de explicarlo en tres libros y de practicarlo en la Universidad de Nueva York y en el Parlamento Europeo. Lo que no conseguí, en cambio, fue identificarme con el nacionalismo identitario de mi país –y para colmo escribí un libro defendiendo “la hispanidad”–. Qué lío, ¿verdad? Quizás no tanto. Quizás mi desazón frente a nuestro nacionalismo a la vez ‘cofoi’ y receloso no era tanto una cuestión de ideología como de método. Yo deseaba para mi país esa interdependencia (sirve “soberanía”) que ejercen y con la que operan hoy los estados, pero suspiraba ante todo por el momento en que esta convicción cuajara en una mayoría social sólida y estable, en un “divino impaciente” colectivo.

Este momento, que en los noventa parecía el sueño de cuatro gatos nostálgicos o visionarios, va transformándose en un horizonte plausible y al alcance de la mano (al menos la de nuestros nietos).

Las “condiciones objetivas” no son ya las de finales del siglo XX. En el marco de la crisis, los estados europeos tradicionales van perdiendo su papel protector frente a un mundo gobernado por el diktat de unos mercados financieros y una geoestrategia de los que son poco más que comparsas. Por otro lado, la mayoría de los estados neonatos (Malta, Lituania, Montenegro, Eslovaquia y tutti quanti) no alcanzan la escala física o demográfica de Catalunya, y no digamos de los Paísos Catalans. Somos, pues, un país lo bastante pequeño para ser abarcable, manejable y sin necesidad de símbolos grandilocuentes para afirmarse…, pero somos también un país lo bastante grande para ser relevante, competitivo y políticamente viable.

Para mantener ese estatus, eso sí, es imprescindible un Estado tan in(ter)dependiente como los demás; un Estado con el que Catalunya dejaría de ser percibida desde España como un peligro, como un estorbo, como una ‘nosa’ que neutralizar. En todo caso, si hemos de sobrevivir a la intemperie de la globalización, de la inmigración y del desempleo, no podemos seguir haciéndolo con un brazo atado a la espalda del actual sistema de financiación, crucificados en un AVE radial, sin corredor mediterráneo por el que aventarse y con un aeropuerto hipotecado por los intereses corporativos de Aena, por los económicos de Barajas y por los políticos de Madrid. Germà Bel nos lo tiene bien explicado.

¿Se trata, pues, de un mero conflicto de intereses? Sí y no.

Recuerdo un ministro socialista que hace unos años me decía:
–Si, como tú deseas, os separáis de España, yo me siento más magrebí.
–Algo así me ocurre a mí también –le respondí–, si Catalunya se separa de España, yo me siento más belga.

Y es cierto. Algo de atávico y de identitario actúa como motor de mi aspiración a la independencia de Catalunya –algo que hay que cuidar que no se transforme en su volante–. De otro modo, el fuego en nuestro corazón acabará produciéndonos humo en el cerebro. Más que atizar este fuego, hemos, pues, de ponderar tanto el gran activo que ha representado para nosotros la lengua y la literatura castellanas como las buenas razones que explican, si no justifican, lo más histórico e histriónico del “n(e)onacionalismo hispano” (Màrius Serra), o su temor de que ahoguemos su idioma en el piélago de nuestra inmersión lingüística.

Así y sólo así, un poco paternalistamente, es como podemos llegar a entendernos: echándoles a ellos en el diván y ayudándoles, si se dejan, a curar sus temores y sus fobias.

¿Y cómo puede continuar este proceso, luego de haberles pasado por nuestro particular psicoanalista?

El orden y la secuencia sugeridos por el ‘president’ Mas me parecen básicamente correctos. No sé si enmarañado en esta crisis podrá llegar muy lejos. Pero sí creo que el rumbo y ritmo trazados son los más adecuados para acercarnos eventualmente a la independencia –al menos para aquellos que preferimos propiciar y obtener esta independencia a simplemente exaltarla o añorarla–.

Según este guión, no se trata de empezar por lo más emocionante, sino por lo que a priori suscita mayor acuerdo en Catalunya: eso del pacto fiscal, por ejemplo.

Un concierto económico que tanto si “sale bien” como si “sale mal” puede tener efectos beneficiosos. Si sale bien (como es poco probable) y Madrid acepta el reto, porque cargará nuestras arcas y nos dará medios económicos para enfrentar a la vez la crisis fiscal y la construcción estatal de Catalunya… Y si sale mal, si Madrid se resiste, servirá para cargar definitivamente de razones nuestro independentismo. Como dice Terricabras, “el rechazo habrá servido entonces ‘pedagógicamente’ para que, de aquí a cuatro años, el independentismo tenga más munición”… y menos lastre.

No hay que pensar que esta “transición nacional” vaya a ser fácil. El n(e)oespañolismo, por descontado, seguirá revolviéndose al ver que educamos a los niños en nuestro dialecto. Para el funcionario español, una lengua de verdad sigue siendo “un dialecto con Estado”. De ahí que no se asombren ni escandalicen cuando al ir a vivir a Francia han de aprender francés, italiano en Italia o alemán en Alemania. Eso sí, que se deba entender el catalán en Catalunya sigue pareciéndoles un agravio mancomunado a España, a la Constitución y a los derechos adquiridos desde que ganaron por oposición la plaza de jueces, de notarios o de catedráticos (ya lo decía García Nieto remedando a Jorge Manrique: “Los funcionarios son como ríos que van a parar al mar, que es Madrid”).

Y es entonces cuando sí podremos ceder a sus quejas y decirles: “Pues nada, si sólo os parece una verdadera lengua aquella que se habla en un Estado, vamos a dotar a Catalunya de un Estado, y todos contentos”.

¿O no?



Nota d’última hora, l’article ha estat enretirat de la Web de La Vanguardia!

Ja ho deia jo, aquests no perdonen la dissidència…

I malgrat tot, un altre convers a la causa…

Siau…

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