In memoriam: Santiago Carrillo

Santiago CarrilloHe de reconèixer que no soc pas ‘comunista’, ni modern ni tradicional, però a en aquest personatge de la història de la Pell de Brau no se’l pot traure el mèrit de ser una persona amb sensibilitat i visió política.

Valgui com a comiat i reconeixement la reproducció d’aquest article que davant la contesa de l’Estatut del 2006 al TC espanyol va tenir la gosadia d’escriure.



Cataluña es una nación
Santiago Carrillo – 21/09/2009

Aunque algunos, no sólo en la derecha, se obstinen en negarlo, Cataluña tiene el derecho a considerarse una nación, un pueblo con características específicas. Lo reconocieron por primera vez las leyes españolas en la Constitución de 1978, al introducir en su Título Octavo la existencia de “nacionalidades” y “regiones” en nuestro territorio. Aunque la historiografía oficial haya sostenido lo contrario, asegurando que desde los Reyes Católicos España estaba unificada, lo cierto es que el problema subsiste hasta el día de hoy y que el Estado autonómico es, esencialmente, una consecuencia de esa realidad.

Una nacionalidad no es más que una nación que por razones determinadas no ha llegado a construirse en Estado. En Europa ese ha sido el problema que han conocido diversos Estados. El imperio austrohúngaro fue un Estado compuesto por diversas naciones que estuvieron juntas un tiempo y que no resistió el impacto de la derrota en la guerra del 14-18 del siglo pasado de la que surgieron como Estados separados no sólo Austria y Hungría, sino también Checoslovaquia, mientras algunas otras se integraron en un nuevo Estado, desaparecido hoy, Yugoslavia. Por cierto que tras la implosión del sistema soviético, Checoslovaquia se ha dividido todavía en dos: Chequia y Eslovaquia. El viejo imperio ruso, al desaparecer el sistema soviético, ha visto transformarse en Estados a algunas de sus nacionalidades.

El debate ideológico sobre nacionalidades y Estados se ha desarrollado sobre todo entre partidos e intelectuales de Centroeuropa y el imperio ruso. Su repercusión en Europa del Sur ha sido menor. Pero la noción de nacionalidad es suficientementeclara. Prats de la Riva la utilizó y en España la utilizaron corrientemente también fuerzas de la izquierda.

Cuando se introdujo en la Constitución, la inmensa mayoría de los que la votamos, sabíamos lo que hacíamos. Lo sabían los nacionalistas catalanes y vascos; lo sabía Suárez y quienes dirigían la UCD y desde luego, socialistas y comunistas. También lo sabían los pocos que votaron en contra del Título Octavo porque no querían reconocer la personalidad nacional de Cataluña, Euskadi y Galicia.

Podía esperarse que en estos años, con los buenos resultados del Estado autonómico, este tipo de cuestiones hubieran alcanzado la más amplia comprensión. Así habíamos contemplado declaraciones como éstas que Manuel Fraga hizo a María Antonia Iglesias tiempo atrás y que El País publicó: “Podemos entre todos repensar una España que ya no puede ser la misma que cuando se hizo la Constitución. Porque ha ido creciendo, se ha ido arraigando el principio de autonomía y eso es bueno”.

En esas declaraciones hablaba de los cambios de mentalidad sobre este tema como un “proceso civilizador” y añadía que todos teníamos que civilizarnos “y yo el primero”.

Implícitamente, el mismo Fraga estaba reconociendo que en el momento en que se hizo la Constitución no había un consenso total, lo que explica cierta ambigüedad formal en la letra en la Constitución. Pero además había potentes poderes fácticos que amenazaban con intervenir en contra.

Hoy tenemos una democracia más sólida que en 1978. Tenemos un desarrollo político que ha ido presentándonos los problemas reales sin ambigüedades y además sabemos que cualquier decisión que menoscaba el Estatuto de Cataluña, puede convertirse en la amenaza más grave para la unidad de España. Ese Estatuto no es sólo lo que pedían los catalanes, es el texto que aprobó primero la Comisión Constitucional, después el Parlamento y por último el pueblo de Cataluña en referéndum. Ha seguido al pie de la letra el trámite que el artículo 151 de la Constitución prescribe para que el Rey lo promulgue como Ley Orgánica.

Mi amigo el profesor Peces-Barba escribió un artículo hace días en el que daba a entender que la unidad de España quedaba asegurada porque la independencia de Cataluña necesitaría el voto de todos los españoles. Coincido con él en una cosa, hoy por hoy la mayoría de los catalanes se satisface con una amplia autonomía. Pero si desde instituciones del Estado como el Tribunal Constitucional se produce un pronunciamiento negativo ignorando el calado político de la cuestión, en 24 horas podría suceder que pasáramos de una Cataluña autonomista a una Cataluña independentista.

¿En qué situación nos encontraríamos en tal caso? Un Gobierno responsable en Madrid, ¿que haría? ¿Enviar al Ejército? No creo que ningún ciudadano con dos dedos de frente esté por lo que sería una guerra. Europa y la ONU forzarían la negociación. Y a pesar de la seguridad que parece tener el profesor en que esos organismos iban a resolver la situación a favor de un Gobierno español beligerante, no acabo de percibir los fundamentos de ese optimismo.

Creo que lo sensato y lo inteligente es dejar las cosas como las situó el Congreso de los Diputados y el referéndum catalán. El interés político del Estado español es ése. Y eso es lo que decidieron los representantes de la soberanía popular en su día.



Siau…

Advertisements
Els comentaris estan tancats.
%d bloggers like this: